La misma frontera agrícola, sin embargo, les es disputada por
comerciantes devenidos en latifundistas, lo cual, sumado a la ausencia de los
servicios del Estado, contribuye a que la población colonizadora constituya la
base social más importante del movimiento guerrillero colombiano. Tales
regiones se convirtieron en los ochenta en escenario propicio de acción de
agrupaciones paramilitares, frecuentemente financiadas por narcotraficantes y
apoyadas por latifundistas locales. Es allí, desde el Magdalena medio, el
Caquetá y el Putumayo hasta los llanos y las regiones del Urabá, donde se
concentran los conflictos más violentos que arrastra a sus poblaciones a
condiciones fáciles de muerte e infernales de existencia.
Centrando la atención sobre el papel jugado, tanto por la
economía campesina, como por la terrateniente en las distintas etapas de
desarrollo del país, se puede apreciar que la primera fue el eje de la
producción cafetera de exportación, llave del desarrollo capitalista del país
y de la multiplicación de sus fuerzas productivas, a la vez que base y
abastecedora fundamental del mercado interior hasta los años 50, mientras la
economía terrateniente, sobre la cual se basó la agricultura comercial, se
tomó en epicentro del desarrollo agrario de la segunda postguerra en adelante.
Antes de eso, la gran propiedad territorial permaneció
inmóvil por mucho tiempo e impedía la acumulación nacional al sujetar hombres y
tierras ad absurdum. Sólo cuando se rompieron las principales barreras sociales
y políticas que impedían su movilidad, la gran hacienda empezó a tornarse en
objeto de arriendo o sus herederos se transformaron en empresarios. Regiones
antes dedicadas a la ganadería extensiva, caracterizadas por ser muy fértiles,
fueron invadidas por los cultivos comerciales de la caña de azúcar, el algodón,
arroz y sorgo o también se intensificaron en la explotación del ganado de
leche.
En relación con la propia economía campesina, la vía
terrateniente significó una creciente competencia al comenzar a invadir cultivos
que le eran propios, frecuentemente con precios menores por las abismales
diferencias en la productividad, de tal manera que los campesinos perdieran
relativamente mercados para sus productos y la economía parcelaria tendió a
contraerse con el pasaje del tiempo.
Es lógico asumir que el proceso de acumulación bajo tal tipo
de condiciones restrictivas, debió ser lento y penoso por varias razones: en
primer término, por las barreras que impone el monopolio de la propiedad
territorial al capital del campo, después por el raquitismo del mercado
interior que surge de una economía campesina confinada dentro de muy estrechos
límites, a lo cual se agregan las condiciones de salarios bajos que comprimen
el consumo y, finalmente, porque la agricultura en esas condiciones no podía
generar excedentes capitalizables por la industrial ya fuera en la forma de
materias primas y bienes salariales baratos o bien por un creciente nivel de
exportaciones que garantizara la importación de maquinarias y otros bienes.
La acumulación de la industria colombiana fue, en efecto,
relativamente lenta hasta 1934,
a lo cual contribuyó la traba a la libertad de hombres y
tierras que caracterizó el campo hasta bien entrado el siglo XX. De esta
manera, una parte sustancial de la población del país durante los años 20 y 30
no tenía libertad para asalariarse, por estar pagando "obligaciones"
a los hacendados o por estar permanentemente endeudados con ellos. La hacienda
conformaba todo un complejo edificio social que dificultaba la formación de un
proletariado y de un mercado de tierras, puesto que la posesión de éstas era un
medio para extraer rentas a la población.
El mercado que emergía de este tipo de relaciones sociales
era peculiar: parte sustancial del consumo de los arrendatarios era
autoproducido, parte provenía de "raciones" producidas por la misma
hacienda, los medios de producción elementales eran abastecidas en su mayor
parte por el artesano de la aldea o eran también autoproducidos. Pero era
sobre todo la renta del suelo la que circulaba como mercancía y se monetizaba,
ya fuera en servicios sobre las tierras del hacendado, generalmente sembradas
de cultivos que algún comercio tenían o en especie de parcela del arrendatario.
En el caso de la economía campesina, las relaciones mercantiles eran más
intensas, pero aún así se reducían a adquirir sal, cebo, telas y alimentos no
producidos localmente, a cambio de los excedentes de su propia producción.
El complejo edificio social basado en la hacienda se
resquebraja por el movimiento campesino de los años 20, que lucha contra las
relaciones serviles y por el pago de salarios, lo mismo que cuestiona el
derecho de propiedad sin delimitar de los terratenientes sobre los supuestos
baldíos de la Nación.
Esas fisuras se amplían durante la etapa de las reformas, por
arriba que desarrollan los liberales y se profundizan aún más con "la
violencia", guerra civil entre 1947 y 1957, que desata la reacción contra
el movimiento democrático. El movimiento campesino de los años 20 y 30 y las
necesidades legales del régimen burgués para poder desarrollarse presionan por
una reforma de la tenencia sobre baldíos en 1936, que es aceptada por los
terratenientes sólo después de que se pacta la paz entre los dos partidos al
fin de la guerra civil de los cincuenta, guerra que derrota al movimiento
campesino. Esto ya significa que las barreras mayores a la movilidad de hombres
y tierras han sido superadas en gran medida y que el capital puede entrar a
organizar más y más regiones de gran propiedad que a su vez compiten contra la
frágil economía campesina, acelerando un proceso combinado de proletarización
y lumpenización de la población concentrada en ella.
A partir de este momento, la acumulación en el campo se
acelera. El mercado no es obstáculo mayor a la inversión, en cuanto ella misma
lo expande, mientras que la diferenciación de la economía campesina incrementa
el número de consumidores que depende cada vez más del mercado y la creciente
población urbana crea una demanda efectiva que es muchas veces superior a la
que produce el estadio anterior de producción parcelaria combinada con el
régimen de haciendas, no importa que una parte importante de la población
urbana se encuentre desempleada y produzca en cierta medida en las ciudades una
economía doméstica.
Por todo un período, incluso, el desarrollo agrario es más
rápido que el industrial. En efecto, en momentos en que la industria colombiana
avanza penosamente, entre 1957 y 1968, porque sus avenidas externas de
abastecimiento de equipos y bienes intermedios importados se han estrechado
por la baja de precios del café, la agricultura comercial se desarrolla a tasas
del 12% anual, en forma independiente del receso general de la economía. Es
más, el avance de la agricultura comercial genera un creciente volumen y valor
de exportaciones que son las que culminan equilibrando la balanza de pagos a partir
de 1969, lo cual sienta las condiciones para el gran auge industrial que se
inaugura durante ese año y culmina con la recesión mundial de 1974-1975, que
también detiene por un momento el proceso de acumulación nacional. A partir de
este umbral, la dinámica de desarrollo agrario desfallece, se resiente la
productividad y se pierden mercados externos.
Es así como durante los ochenta la agricultura se contrae
durante el primer lustro, cuando toda la economía sufre de una nueva y profunda
recesión, para después obtener una recuperación apreciable entre 1985 y 1990,
marcada de nuevo por productos de exportación. Las estadísticas oficiales no
incluyen el cultivo de las materias primas de las drogas prohibidas, pero según
la Drug Enforcement
Agency había en 1990 30.000 has. sembradas de hoja de coca y unas 15.000 de
marihuana, cultivo que relativamente se había venido a menos desde finales de
los setenta.
Lo que quedaba claro de lo anterior era que la capacidad de
respuesta del campo frente a las señales del mercado era rápida y contundente,
de que había empresarios de sobra en el país para organizar las más disímiles
aventuras y que lograban vencer todo tipo de trabas impuestas por poderosos
estados a la distribución de sus productos.
Todo este proceso de desarrollo intenso, violento y
contradictorio apenas pudo ser comprendido e interpretado por las corrientes
dualistas, cepalinas y la teoría radical del subdesarrollo, las cuales en
Colombia, al igual que en el resto de América Latina, enfatizaron más el
aparente estancamiento de la producción y los efectos desastrosos del capitalismo,
como el desempleo y los bajos salarios, la misma violencia que acompaña el
cambio, que el corazón mismo del problema: el avance de las relaciones sociales
de producción capitalistas, en razón inversa al debilitamiento de las
relaciones de servidumbre características de la hacienda y la pérdida de
importancia del trabajo familiar de la pequeña producción parcelera y
artesanal, aunque sí era cierto que este proceso era y es profundamente
desigual y contradictorio.
El dogma del estancamiento de las fuerzas productivas que
promulgó la teoría radical como resultado de la dominación imperialista, el
acento en variables demasiado generales como tenencia de la tierra y
concentración del ingreso en el caso de la teoría cepalina, condujeron a ambas
a subvalorar un proceso de rápido desarrollo del capital que tomó una vía que
no es nada extraña históricamente. Ya V. I Lenin y Barrington Moore la habían
señalado como alternativa para el campo ruso, o como la base social de las
dictaduras fascistas en Alemania y Japón, con todas sus consecuencias de
opresión política, resaltando quizás demasiado su carácter lento, derivado de
sus reformas por arriba. Tal proceso se repitió en todo el este europeo, España
y Portugal y gran parte del mundo dependiente y semicolonial, sin que por eso
el capitalismo dejara de desarrollarse en ellos.
Es pertinente quizás a partir de este tipo de desarrollo que
ya sufrimos, hacer un ejercicio de historia contrafactual y preguntarse qué
hubiera ocurrido de haberse dado la vía democrática de desarrollo capitalista.
Pues bien, en primer término hubieran existido condiciones para un desarrollo
más acelerado de las fuerzas productivas nacionales y del mercado interior; en
segundo lugar, la población excedente causada por la vía terrateniente hubiera
sido menor por la existencia de un nuevo y numeroso campesinado propietario,
produciendo un gran volumen de alimentos y materias primas baratas, que
pudieran ser capitalizables por una acumulación industrial más acelerada. La
industria hubiera tenido que recurrir a un grado menor de explotación de la
fuerza de trabajo, contando además con un mercado relativamente más amplío para
sus productos.
La historia ha sido, sin embargo, distinta. La acumulación se
hizo rápida no por la extensión de un gran mercado campesino, sino por el alto
grado de explotación de los trabajadores. Las trabas a la realización que se
derivan del mercado interno, han sido subsanadas por medio de la exportación de
bienes agrícolas e industriales y sobre todo de energéticos (carbón y
petróleo). Los excedentes de población producidos en forma abrumadora,
especialmente después de la guerra civil, hacen que hoy en día más de una
tercera parte de la población en capacidad de trabajar está total o
parcialmente en paro forzoso. Esta sobreoferta de brazos unida a la
concultación de los derechos sindicales de los trabajadores causa una
distribución del producto que favorece a los empresarios y terratenientes,
arrojando para el país una de las distribuciones del ingreso más desiguales del
mundo capitalista. Es esta situación general la que nos ha llevado a
caracterizar en otro lugar al régimen de producción imperante en Colombia como
"capitalismo salvaje".
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